El banquete ha resultado espléndido, no sólo por la variedad y exquisitez de manjares sino también por la agradable compañía de los comensales. Cada día y cada año que han pasado en mi vida, que me permito compararla a la celebración de una fiesta, me han dejado un buen gusto en el paladar. Se me han dado bendiciones sin fin y a la carta. Dios regala con abundancia, a manos llenas. A mi edad, se acerca ya el tiempo en que he de hacerle indicaciones al camarero para que me traiga la cuenta. Un cosquilleo me intranquiliza en el fondo del corazón. ¿Cómo pagaré yo al Señor todo el bien que me ha hecho?
No tienes que pagar nada, me dice el camarero en voz baja. El dueño de la fiesta me comunica que has sido especialmente invitado por el propio anfitrión. La fiesta es de Él no tuya. La paga se saldó ya el día que te envió a los cruces de carreteras, a los barrios lejanos y hasta los confines de la tierra para traer nuevos comensales al salón de la boda. Mira, has de saber que el banquete continúa, no ha terminado. Más bien se encuentra en el comienzo, en el plato de los entremeses. Lo que ha ocurrido hasta ahora es como si el novio hubiera invitado a sus amigos a una primera ronda preparatoria para pregustar las delicias de sus viandas. Una de sus preferencias consiste en guardar para el final de la fiesta los manjares más sabrosos y los vinos más esquisitos. Ese fue ya el reproche que le hecharon en cara los invitados de Cana.
Me consuela esta pensamiento de que la misión se encuentra en sus comienzos. Pero se me remueven las entrañas ante el hecho de que son innumerales los pueblos y las gentes a mi alrededor que no tienen ni idea de ese banquete al que todos estamos invitados. Jesús sigue siendo el gran desconocido. Sí, entiendo que dos mil años para las cuentas del Señor son como un día. Ya lo dijo el salmista y lo vuelve a enseñar el Nuevo Testamento. Pero al atardecer de ese día nada se puede dejar como tarea pendiente para mañana.
En estos momentos no tengo a ninguna persona en proceso de catecumenado, o, dicho en palabras más modernas, no acompaño a ninguna persona en su itinerario hacia Jesucristo. Tengo contactos diarios con muchas personas, jóvenes unos, adultos otros. Pero dar el salto a la fe cristiana es un misterio que se desvela en el rincón secreto de cada uno. Ese salto atlético es poco común en estas tirras. Intento presentar a un Jesucristo cercano, amigo, casi como un camarada compañero de viaje. ¿Será por eso que el mensaje resulta menos atractivo? ¿No habremos acercado el misterio tanto que lo hemos despojado de su brío interpelador?
La semana pasada rezamos el rosario en casa de una señora cristiana que a la vez celebraba su cumpleaños. A la llegada a su casa se me presentó un hermano de dicha cristiana y a bocajarro me dijo: Soy hermano de Somchit, mi nombre cristiano ¨era Pedro¨, me casé por la iglesia con una católica sobrina de este señor Suma (que se encontraba allí presente) . Vivimos en el pueblo vecino que se llama Nonkwai pero ahora somos ya budistas. Yo visito ese mismo pueblo con bastante frecuencia buscando modos de iniciar allí alguna presencia cristiana. El saludo de este señor que ¨se llamaba Pedro¨ me destrozó el corazón, y en algún momento del rosario no pude contener dos lágrimas. En lugar de conseguir nuevos comensales para el banquete de boda me encuentro con que dos comensales se salen del salón en busca de otros pastos.
Antes de pedir la cuenta al camarero sigo escuchando la voz que me dice: ¨Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa¨ (Lucas 14, 23).
Ángel Becerril
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