Como niño destetado

En la sociedad en que me muevo el premio es un aliciente poderoso.  En actividades con niños o jóvenes, o incluso con mayores, te preguntarán siempre, ¿qué tenemos de premio? En Tailandia se concede una distincion y un premio para todo, incluso para  la madre ejemplar  de entre todas las madres de las comunidades del arziprestazgo. El aliciente del premio dinamiza la conducta de los miembros desde los días de la niñez.

Hubo un tiempo en el que  Israel jugaba con esas  mismas cartas del premio y del castigo. Si veían milagros y portentos, Israel confiaba en Yahwéh y obedecía sus preceptos. Como un experto educador de niños y jóvenes  Dios llevó a Israel a través de esas etapas en el crecimiento, usando de la pedagogía del premio.

También en nuestra vida de misioneros pasamos por una etapa en la que clasificamos la eficacia como valor supremo.  Los frutos del trabajo son el premio que nos consuela.        Experimentamos entonces un gozo especial. Nos sentimos espiritualmente consolados y premiados por nuestra entrega. Como Israel en sus años del desierto necesitamos que su presencia y su acción sean visibles y tangibles.  Somos el niño que aún no ha sido destetado.  Dependemos de la leche de la madre, y como dice nuestro teólogo Olegario reflexionando sobre  el salmo 131, estrujamos con violencia el pecho de la madre para propio placer y provecho.

El primer paso para la madurez espiritual empieza con lo que el salmo 131 llama “el niño destetado”, que ahora fija ya la mirada  en el rostro de la madre, más que en su pecho. Un niño destetado, sigue diciendo el mismo autor, está  en el regazo de la madre tranquilo y quieto. El niño ya no tiene su centro en sí mismo y en el alimento sino en el rostro de la madre.

En nuestros primeros años de la misión nos propusimos unas metas que perseguimos con ardor y pasión. Para alcanzar dichas metas invertimos toda la ilusión posible y nos desgastamos generosamente en cuerpo y alma. Por un cierto tiempo acariciamos el éxito de nuestro trabajo y hasta no nos faltó el aplauso halagador de compañeros y de las gentes con quienes trabajamos.

Pero la vida no es una monótona repetición de éxitos y de halagos. El salmista que compuso  este breve poema 131 podía tener la edad de los cuarenta y tantos años o cincuenta y haber experimentado fracasos y desilusiones. Había que resignarse a no alcanzar ciertas metas. Renunciar a algo concreto en lo que habíamos puesto nuestros sueños. Son crisis o cambios naturales en la vida. Tales crisis o cambios no están ausentes en la vida del misionero. Ese momento de la vida es como una segunda llamada, otra vocación.  Constituye un paso importante en el proceso de maduración espiritual. Hemos de aceptar el “destete” y empezar a sustentar  nuestra vida con otro alimento que no sea la leche de la madre. Salimos un poco a la intemperie. Los orientales de estas tierras de Tailandia lo explican con la palabra despegarse. Despojarse de los apegos. Existen apegos a cosas y apegos a personas, apegos materiales y apegos espirituales.

Israel tuvo que aceptar ese paso de maduración. Se acabó el maná del desierto, el agua de la roca queda a la espalda. Se requiere tener fe en Yahwéh cuyos prodigios ya no nos acompañan. Hay que aceptar situaciones nuevas y entrar por los sencillos caminos que se nos ofrecen cada día. Israel va madurando a pesar de los frecuentes tropiezos de muchas de sus gentes. Es preciso purificar la esperanza y el deseo. No todos los deseos, aunque sean espirituales, son laudables.

Israel pasó por muchas crisis de fe y de esperanza. A través de esas crisis fue madurando como lo muestra el verso final de nuestro salmo 131.  Es lo mismo que nuestra santa de       Ávila  resumió con la inmortal  frase “solo Dios basta”. Y Santa Teresa pasó por la experiencia de esa segunda conversión o llamada cuando tenía ya más de cuarenta años.

Dice Timoteo Radcliff, OP, anterior general de los dominicos, que en esos tiempos de transición a la madurez Dios rompe la concha de nuestra prepotencia, de nuestra arrogancia, para llegar a la parte más tierna y vulnerable de nuestras vidas. Eso es lo que hacen las gaviotas a las orillas del mar con los mejillones. Se lanzan sobre los moluscos para romper la costra. Dios desbarata nuestra costra. He aquí por qué debemos vivir esos tiempos con alegría.

“Como niño destetado en el regazo de su madre” (Salmo 131).

Ángel Becerril

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1 Respuesta a “Como niño destetado”


  1. 1 Vicente 6 diciembre 2011 a las 5:54 PM

    Ángel, no creo mucho en las generalidades por eso no acabo de ver esas etapas por las que dices que pasan los misioneros. Yo lo que veo son estilos y personalidades que, en algunos casos, coinciden con alguna de esas etapas. No acabo de ver que el misionero vaya dando esos pasos que dices, sino que la personalidad de cada uno puede ser más acentuada dependiendo de la motivación que le lleve a la misión. No logro entender los conceptos de eficacia, éxito, fracaso, etc. dentro de la tarea misionera (pero tal vez sea que yo, aunque joven e inexperto, nunca me lo haya planteado de esta forma).

    Perdona esta crítica, pero así como ves tú personalmente la evolución del misionero yo lo veo de otra forma, pero ya se sabe, en cuestiones de este tipo no hay nada sentenciado.

    Un saludo desde el otro lado de la Diócesis.


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