100 días

En Tailandia el tiempo de luto por un fallecido está estipulado normalmente en 100 días. Durante este periodo,  amigos y parientes del difunto realizan ofrendas especiales y oraciones por él, concluyendo estos días con una ceremonia de especial significación  en el templo donde se celebro la cremación o el entierro y reemprendiendo la vida cotidiana con la certeza de que el ser querido ha encontrado ya la paz.

En la creencia común de las gentes de estas tierras (Buda no enseño sobre esto) estos 100 días son los necesarios para que la persona que ha muerto sea juzgada y pueda comenzar una nueva vida. Como el juicio se cree que se realiza bajo el poder del demonio (es él quien valora la bondad  o maldad de cada uno), los 100 días que van del fallecimiento al final del proceso son tiempo propicio para realizar buenas obras en nombre del difunto que llegara al juicio con los meritos adquiridos por ellas.

Traigo esta realidad ante vosotros porque hace escasas fechas que se cumplieron los 100 días del fallecimiento de mi padre y las personas con las que convivo a diario me han ido mostrando su creencia en todo este proceso  no solo con palabras y de forma teórica sino en la práctica.

Y es que desde el primer día en que conocieron el fallecimiento  de mi padre (estábamos celebrando la fiesta la parroquia mayor de la diócesis, La Sagrada familia en Phongsun) los amigos budistas han realizado sus oraciones y meritos por una persona que no conocieron sino por referencia (mi padre nunca había vendió de visita a Tailandia) y que no compartía sus creencias. Por su parte, los católicos tailandeses,  sintiendo de forma muy distinta la realidad de la muerte y confiando en el proceso de Amor (que es lo que  para nosotros es el Juicio de Dios) me han pedido que tuviera a mi padre presente en la Eucaristía celebradas con ellos a lo largo de estos días en repetidas ocasiones y al final de este periodo  de 100.

En todo este tiempo,  desde el respeto y la amistad, unos y otros  han sabido acompañarme en el dolor  por la muerte de mi padre  y en el  agradecimiento a Dios por su vida.  Así  la experiencia de dolor y la riqueza de la fe dialogada y compartida han sido parte del encuentro diario con amigos budistas y cristianos  desde que llegue de Asturias y a lo largo de todas estas semanas.

Ahora,  al finalizar este tiempo de  luto tailandés  el corazón de uno está ya más sereno que cuando acogí la  dolorosa noticia y a la vez repleto de acción de gracias por comprobar una vez más como la Palabra de Jesús  se realiza en la vida cotidiana: “todo aquel que deja casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o campos por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt.19,29). Si mi padre ha alcanzado ya la Vida en plenitud, también es cierto que en la vida de todo misionero, también en  la mía, podemos gozar de  la experiencia de vivir la realidad de una familia universal.

Fermín   Riaño

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