LA VUELTA AL COLE

Mientras en España se van preparando para acabar el curso escolar, por estas tierras estamos a punto de empezar el nuevo curso después de unas largas vacaciones de verano. Son tristes las noticias que nos llegan de nuestra patria cuando se habla de recortes en cuestiones tan fundamentales como sanidad y educación; a las que poco acompañan esos sueldazos de los políticos de todos los colores. Y es que la educación es clave fundamental para el desarrollo de un pueblo y la transformación social.

Una nación sumida en la ignorancia vive en la esclavitud de los poderosos que la controlan. Personalmente me parece terrible la ausencia de libertad de pensamiento, pero aún me parece más terrible el que la gente no pueda pensar porque no sabe cómo. Esos países que se autodenominan democráticos (y pienso en mis países de origen y de acogida) y que no invierten dinero y esfuerzos en educación se convierten en “dictaduras culturales”. Los poderosos que dirigen estas naciones manejan a sus gentes no con la fuerza, sino con la sutileza manipuladora del que sabe que una mente no preparada es fácilmente orientable.

Ante este panorama la opción del IEME en Tailandia siempre ha sido la de apoyar la educación. No tenemos grandes proyectos, ni el número de beneficiarios es elevado y ni mucho menos dirigimos escuelas. Son pequeñas semillas transformadas en becas, compra de uniformes, clases de apoyo, alfabetización de adultos, formación humana y social, etc. Los que nos conocen desde hace años saben que una buena parte de los donativos que recibimos van destinados a este fin.

Lo que quiero hoy es el presentaros la realidad concreta de esta “vuelta al cole” en las dos comunidades donde me encuentro actualmente. Empezaré por la historia de cinco chicas que comenzaron sus estudios de secundaria en un colegio de religiosas en la ciudad de NongKhai, a orillas del Mekong. El apoyo de las religiosas y de Fermín fue decisivo para que estas chicas pudieran acceder a una educación de más calidad de la que recibían en el pueblo. No fue nada fácil para ellas, pero con esfuerzo y tesón terminaron los tres primeros cursos de secundaria. Ahora están en otro colegio de la congregación a unos 800 kms de distancia. Tres de ellas han decidido profundizar en su vocación religiosa, las otras dos tienen las miras hacia enfermería o magisterio. Todas ellas están felices al ver que con su esfuerzo y el apoyo de mucha gente pueden alcanzar sus sueños.

Las expectativas para los jóvenes que estudian en un pueblo como Hanjai se suelen acabar, en el mejor de los casos, a los 15 años, cuando finalizan la primera parte de la secundaria. Muchos de ellos deciden, animados la mayoría de las veces por sus familiares, iniciarse en la vida laboral precaria a la que un chico como estos puede optar en un medio rural como el que viven. El curso pasado tuvimos una gran alegría al ver que dos de estos jóvenes podían acceder a un centro de estudios técnicos destinado a chicos en precariedad social. No abundan muchas instituciones como esta donde se combine calidad educativa y acceso exclusivo a las clases más humildes de todo el país. Este centro dirigido por los gabrielistas acoge a más de 100 chicos desde los 15 años. Es un centro de prestigio en el que grandes empresas del motor tienen puestas sus miradas para ofrecer trabajo a los alumnos que vayan terminando. El primer curso de estos dos chicos fue tan positivo que este año se han animado otros dos. Yo procuro visitar el centro al comienzo del curso, este año acompañado por algunos familiares que querían conocer el lugar. Aunque no se pide nunca nada, las familias colaboran aportando arroz y con la ayuda generoso de los amigos en España también damos un pequeño donativo para que una iniciativa como esta no desaparezca. 

Este curso la gran novedad es el paso de dos chicos a la universidad. Es una alegría enorme ver como, con un poco de apoyo, es posible que algunos lleguen a realizar estudios universitarios. No son muchos, lo sé, pero por eso mismo la alegría es mayor.

Todas estas historias, sumadas otras tantas, llenan a uno de satisfacción personal cuando ve que los procesos personales y grupales van adelante, a pesar de tantas y tantas dificultades y limitaciones. Mientras no me demuestren lo contrario, seguiremos invirtiendo recursos y esfuerzos en educación para lograr un desarrollo social más justo y equitativo donde todos puedan tener las mismas oportunidades para cumplir sus sueños. Sé que suena utópico, pero como decía Eduardo Galeano, la utopía está en el horizonte, por mucho que me acerque, siempre se aleja; entonces, ¿para qué sirve? Para caminar.

Vicente Gutiérrez

 

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